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Ángel Montilla Martos

Nació en Málaga en 1965. Es Licenciado en Filología Hispánica, escritor y profesor de Lengua y Literatura Española y Universal. Ha obtenido diversos premios literarios (Muestra de Literatura Joven del Ayuntamiento de Málaga, El vigía de la Costa…). Tiene publicados varios libros de poemas (La dulce faena, Múltiplos de uno) y novelas cortas (Fuera de juego, La mar en medio, El camarero de la Séptima Avenida y Viento de levante.). Es autor de diversos textos teatrales estrenados (Flamenca, La razón de la sinrazón, El círculo verde). Completa su labor artística con colaboraciones musicales para discos y bandas sonoras (Avance, Escarceos y simulacros) y con la dirección del cortometraje Ese maldito yo.

Blog Montecoronado

MÁLAGA, CIUDAD DEL PARAÍSO

CÍRCULOS CONCÉNTRICOS

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Un días más, un día menos
(jornada laboral de un Jefe de Estudios)

2011年1月

La jornada comienza a las 8:30. Antes de empezar, el control de firmas debe estar preparado, así como la hoja en la que se anotan las incidencias. Si lo exige el horario, entro, doy mi clase de Lengua y Literatura y al salir, antes de llegar a mi despacho es muy probable que unas diez o quince personas me hagan un total de veinte o treinta preguntas sobre aspectos muy variados de la vida del centro. La labor del Jefe de Estudios es controlar las ausencias de los profesores y alumnos, procurar rellenar los huecos que dejen por baja y, ante todo, intervenir en los cada vez más preocupantes problemas de disciplina y absentismo.

PROFESOR Nº 1:

—Ángel, ¿recuerdas esa alumna que lleva tres días sin venir? Pues he llamado siete veces a su casa y no cogen el teléfono ¿qué hago?, ¿mando una carta?

—Sí, mándala y pregunta a los compañeros.

PROFESOR Nº 2:

—Ángel, perdona, ayer llegó a mi clase un alumno que no sabe español y no se entera de nada. Yo no sé qué hacer.

—Sí, ya lo sé. Es kurdo y ha vivido varios años en Noruega. Está aprendiendo español en los cursos del Ayuntamiento, pero él dice que prefiere entrar en clase para oír y hablar con los compañeros que saben inglés.

PROFESOR Nº 3:

—Ángel, el ordenador de mi departamento no funciona y no puedo meter las faltas de asistencia de esta semana.

—Llamaremos a los técnicos.

PROFESOR Nº 4:

—Ángel, luego viene la madre de David Pérez ¿te acuerdas? El que dijo la semana pasada que no se quitaba la mochila porque no había traído el libro de mi asignatura.

—Vale, luego hablamos.

Y así hasta treinta o más o (a veces) menos.


A los pocos minutos aparece la Vicedirectora, con la que comparto despacho.

—Buenos días, mira, la semana que viene hay una visita al Museo de la Ciencia y también van a ir a la catedral, al museo municipal y a la Alcazaba. Deberíamos sentarnos a ver qué profesores tienen a esos grupos y que vayan ellos. Así pierden menos horas. También vemos si las horas de los otros grupos que se quedan sin profesor las podemos ocupar con otros profesores.

La Vicedirectora se encarga de organizar todo tipo de viajes y visitas, de llamar a las empresas de transporte, de contactar con el Ayuntamiento para que nos dejen el teatro municipal para una función, de organizar rifas y ventas para que los alumnos de 1º de Bachillerato puedan ir a Grecia o París, de contactar con la O.N.Gs que quieren difundir su labor o recauda fondos... En fin, que no tiene mucho tiempo para aburrirse.

Cuando hemos terminado de organizar la visita y de anunciarla en la pizarra de la sala de profesores, me encuentro al Secretario. Este miembro del equipo directivo se encarga de todo lo que es físico: mesas sucias, paredes pintadas, cristales rotos, correspondencia, pago a los proveedores... Es una especie de administrador y jefe de finanzas. También es el responsable de toda la documentación oficial:

—Ángel, tenemos un pequeño problema. En Secretaría hay diez alumnos que protestan porque dicen que ellos pidieron estar en Religión Católica, pero aparecen en las listas de Estudio de las Religiones. Debemos mirar en sus expedientes y comprobarlo uno por uno.

Nos ponemos a la tarea y a la media hora llegamos a la conclusión de que ninguno de ellos llevaba razón, salvo uno, que en realidad no indicó lo que quería. Lo pusimos en Religión Católica porque el año anterior había cursado esa asignatura.

Al llegar de nuevo a mi despacho suena el teléfono. La ordenanza me dice que es el inspector y que quiere hablar conmigo:

—Hola, Ángel, buenos días, ¿Cómo va todo, bien? Me alegro. (Los inspectores son felices cuando no hay problemas en los centros) Necesito unos datos que me ha pedido el inspector jefe de la provincia. Quiero saber cuántos alumnos no españoles son de la Unión Europea y cuántos no, cuántos son niños y cuántas son niñas, cuántos suspendieron más de tres asignaturas y en qué modalidades están matriculados este año. Cuando lo tengas, me lo mandas por fax. Gracias.

Me siento delante del programa de gestión y empiezo a cruzar datos y a sacar listas. Al cabo de veinte minutos está terminado y lo llevo a Secretaría para que lo envíen.

Al volver me encuentro a mi jefe, que es el Director.

—Han llamado del Ayuntamiento, que tienes que ir a una reunión para organizar el control de absentismo este año. Es el jueves a las 11:30.

—Pero a esa hora tengo una reunión con unos padres de Tercero de E.S.O. (Educación Secundaria Obligatoria).

—Pues la aplazas.

El Director es aquella persona que no hace exactamente nada de lo que hacemos nosotros, pero que está al tanto de todo lo que estamos haciendo. Además, él lleva la relación con los otros centros de la localidad, con el Ayuntamiento y con la Asociación de Madres y Padres...

Cuando consigo entrar en el despacho y llegar a mi mesa, me encuentro más de diez de esos malditos papelitos amarillos que inundan todas las oficinas del universo:

>Sacar del ordenador listas de firmas de la semana que viene.

>Hablar con la profesora de Música para que comparta el gimnasio con el profesor de Educación Física.

>Recordar a los Jefes de Departamento que tienen que entregar el Diseño Curricular antes del viernes 15.

>Preguntar a la profesora de Tecnología por qué faltó el martes pasado.


Una vez que he conseguido quitar los postits, me encuentro de cara con la realidad: mi agenda. Es un cuadernillo de tamaño A4 en el que anoto las reuniones que tengo con padres y tutores, los alumnos que debo bajar de las clases para preguntar si saben algo sobre tal o cual cosa que se ha roto o ha desaparecido... Normalmente las reuniones las hacemos a la hora del descanso o recreo (de 11:30 a 12:00) que es cuando están disponible la mayoría de los tutores.

A las 10:30: reunión con los padres de Philip Moss, un alumno conflictivo que ya tiene tres apercibimientos. Los apercibimientos son unos documentos que rellenan los profesores cuando la actitud del alumno llega a unos límites insoportables. Si un alumno tiene tres, se decide que vaya al aula de convivencia para reflexionar sobre su actitud.

La ordenanza (o conserje) me avisa que la madre ya ha llegado. Le pido que busque al tutor, un profesor joven al que le gusta mucho su trabajo. La madre entra e inmediatamente nos damos cuenta de que no domina el español.

Por suerte el tutor y yo hablamos un inglés más o menos decente, con el que podemos explicar lo que ha sucedido y lo que va a suceder. En otras ocasiones la cosa es más complicada porque nos encontramos con personas que sólo saben portugués, árabe, ruso, francés, rumano u holandés. La mujer está separada porque su marido la maltrataba y por eso se vino a España hace unos meses.

Mientras hablamos llaman a la puerta. Es un profesor de guardia que me reclama porque una alumna está en el pasillo a punto de desamayarse. Acudo y le pregunto directamente:

—¿Has desayunado?

La chica sonríe y dice:

—Muy poco.

La llevamos a mi despacho, le compramos un bocadillo y un zumo y llamamos a su familia. Es uno de los muchos casos de anorexia juvenil que se dan en los institutos de educación secundaria en España y en el resto de occidente. A los quince minutos llega la madre y se la lleva:

—Yo no sé qué le pasa a mi hija, a ver si me puede dar usted una cita con el psicólogo.

—Verá, señora—le respondo—, nosotros no tenemos psicólogo, sino orientador. Es un profesor que realiza algunos tests a los alumnos y les orienta en la forma de estudiar y en los futuros estudios que vayan a realizar.

—Bueno, pues lo que sea, porque mi niña se me muere un día de éstos.

La pobre mujer se aleja por el pasillo sosteniendo a su desmayada hija. Justo al doblar la esquina para dirigirse a la puerta, se cruza con otra señora. Viene a una entrevista que tiene con su tutora y conmigo. Para entonces, el tutor ya ha acabado la reunión con la madre inglesa.

El alumno del siguiente caso tiene catorce años y el profesor de Física y Química le puso ayer un apercibimiento por “llegar tarde con los walk-man, sentarse en un sitio que no es el suyo, gritar y no sacar los materiales de la mochila. Además se negó a quitársela porque decía que no tenía nada de esa asignatura. Tampoco se quitó la gorra, a pesar de que se la ha pedido en muchas ocasiones”.

—¡Hay que ver!—dice la madre.— Es que los niños de ahora no tienen vergüenza.

—No es eso—dice la tutora—es que están muy perdidos y no saben cuándo están haciendo algo incorrecto.

—Que no lo saben? ¡Pues claro que lo saben! Lo que pasa es que mi David no quiere estudiar y como tiene que estar aquí hasta los dieciséis años, pues hace todas esas cosas para que lo echen o yo qué sé.

—Su hijo es—intervengo yo—lo que los especialistas llaman un objetor escolar. Si antes había objetores de conciencia que no querían ir al servicio militar, ahora hay alumnos que rechazan de plano el sistema educativo. Debería hablar con el orientador para que le explicara otros caminos que se le pueden abrir a su hijo, si insiste en negarse a colaborar, ni estudiar.

--Eso, porque yo, el mismo día que cumpla dieciséis años, me lo llevo y lo pongo a trabajar con su padre. Ahí, desde las cinco de la mañana con la furgoneta repartiendo fruta. Hasta las tres o las cuatro de la tarde. Y luego a una academia a aprender informática o inglés, o las dos cosas. Verá usted como así se le quitan todas las tonterías.

—Bien,—corta la tutora—entonces lo que tenemos que hacer ahora es seguir la normativa.

—Sí,—continúo yo—cuando un alumno tiene seis apercibimientos se procede a su expulsión por un periodo que va de uno a tres días. Como ésta es la primera vez, solamente le vamos a aplicar el mínimo, un día. La tutora mañana deberá recoger materiales para que estudie en casa ese día.

—Y digo yo—indaga la madre-- ¿no se le puede dar otro castigo? Porque expulsarlo para él es como un premio.

La tutora y yo estamos a punto de decir: “Para nosotros también”.

Sin embargo, yo expongo muy políticamente correcto:

—Lleva usted razón, pero ocurre que nosotros no podemos pegarles, tocarlos, insultarlos... Ni podemos venir por las tardes, porque no tenemos personal ni docente, ni no docente que mantenga el centro abierto.

—Ya, yo comprendo que ustedes tienen que hacer algo, porque si no, esta gente se los comen por sopa, que la cosa de la juventud está muy mala, mucha droga y mucha poca vergüenza. Ahora, que la culpa es nuestra, sí, de los padres, que les damos todo lo que quieren.

—Efectivamente—dice la tutora.

Nos saludamos cortésmente y finaliza la entrevista.

Cuando salgo a la sala de profesores a anunciar en el tablón la expulsión de este alumno, aparecen dos alumnos de 2º de Bachillerato.

—Ángel, hemos escrito este relato y queremos que lo leas, para ver qué te parece.

Esta intervención me hace recordar que en un centro de novecientos alumnos son sólo quince o veinte los que meten la pata sistemática o esporádicamente; ochocientos sesenta estudian, se ríen, corren, saltan, se enamoran y lloran como todo hijo de vecino; y diez o doce, además de esto, son inteligentes y críticos, y van camino de ser médicos, científicos, abogados y, con un poco de mala (o buena) suerte, profesores de instituto.

Leo el relato y me gusta. No es una obra maestra, pero se puede leer y, sobre todo, tiene el mérito de estar escrito por unas personas en proceso de formación, que viven en un mundo de imágenes llamativas, éxito fácil y profundas superficialidades. Por primera vez en toda la mañana me acuerdo de la famosa duda divina sobre la destrucción de Sodoma y Gomorra. Sólo por estos diez alumnos, merece la pena no tirar la toalla.

Ya son las 14:30. Coloco las hojas para que los profesores firmen al entrar.

Mañana será otro día.

O el mismo.

Ángel L. Montilla Martos